Un cuadrado oscuro de chocolate tiene para los dientes el mismo efecto sensual que el lodo en los pies traviesos de la niñez.
En la lengua, la densa materia oscura
suelta salivas en rojos cauces.
El chocolate se disuelve en dulce espeso fango
cuando lentamente se acarician los bordes
hasta que la tableta en la cavidad cálida
suelta aromas, recuerdos y flores
en las distendidas papilas.
Ríos de chocolate
atraviesan encías e resquicios dentales
y el placer - que uno sabe fugaz -
da sus vueltas atrapado en la boca.
Devoro chocolate ahora que no te tengo
para, lícitamente y sin culpas,
abandonarme al erotismo.
Comiendo chocolate pienso en tu piel a mordiscos
pienso en tus piernas
tus pies
pienso en los manjares suculentos
de la vida.
Hay quienes piensan que he celebrado en exceso los misterios del cuerpo la piel y su aroma de fruta.
¡Calla, mujer! -me ordenan- No nos aburras más con tu lujuria Vete a la habitación Desnúdate Haz lo que quieras Pero calla No lo pregones a los cuatro vientos.
Una mujer es frágil. Leve, maternal; en sus ojos los velos de pudor la erigen en eterna vestal de todas las virtudes. Una mujer que goza es un mar agitado donde sólo es posible el naufragio.
Cállate. No hables más de vientres y humedades. Era quizás aceptable que lo hicieras en la juventud. Después de todo en esa época, siempre hay lugar para el desenfreno. Pero ahora, cállate.
Ya pronto tendrás nietos. Ya no te sientan las pasiones. No bien pierde la carne su solidez debes doblar el alma ir a la iglesia tejer escarpines y apagar la mirada con el forzado decoro de la menopasia.
Me instalo hoy a escribir para los sumos sacerdotes de la decencia para los que, agotados los sucesivos argumentos, nos recetan a las mujeres la vejez prematura la solitaria tristeza el espanto precoz de las arrugas.
¡Ah! Señores: no saben ustedes cuánta delicia esconden los cuerpos otoñales cuánta humedad, cuánto humus cuánto fulgor de oro oculta el follaje del bosque donde la tierra fértil se ha nutrido de tiempo.
Me tengo que ir a comprar las pinturas con las que me disfrazo todos los días para que nadie adivine que tengo los ojos chiquitos (como de ratón o de elefante).
Estoy yéndome desde hace una hora pero me retiene el calor de mi cuarto y la soledad que, por esta vez, me está gustando y los libros que tengo desparramados en mi cama como hombres con los que me voy acostando, en una orgía de piernas y de brazos que me levantan el desgano de vivir y me arañan los pezones, el sexo, y me llenan de un semen especial hecho de letras que me fecundan y no quiero salir a la calle con la cara seria cuando quisiera reír a carcajadas sin ningún motivo en especial más que este sentirme preñada de palabras, en lucha contra la sociedad de consumo que me llama con sus escaparates llenos de cosas inalcanzables y a las que rechazo con todas mis hormonas femeninas cuando recuerdo las caras gastadas y tristes de las gentes en mi pueblo que deben haber amanecido hoy como amanecen siempre y como seguirán amaneciendo hasta que no nos vistamos de dinamita y nos vayamos a invadir palacios de gobierno, ministerios, cuarteles... con un fosforíto en la mano.
Seductor es el tiempo Por sus hendijas cósmicas grandes árboles -de esos de los que cuelgan estrellas como frutas- introducen sus ramas sus visiones de mañanas turbias de noches con mirada radiante Cada día hojas verdes irrumpen en mis poros Ramas tuercen su destino en mis huesos Crece la vida en mí como una planta sedienta de mi verbo y mi experiencia Hoy florezco, asciendo al azul cielo de las jacarandas Mañana bajaré al rojo averno de los malinches o arderé en el pétalo solar de los corteses Toda soy vegetal, toda carnívora A un tiempo nutricia y animal de rapiña El tiempo ama mi cuerpo y asciende los muros de mis piernas usa mi vientre de jarrón para sus frutas suculentas viste mi torso de palmera enhebra en mi pelo las fibras del henequén y el lino me camina, me horada, me acaricia hora tras hora, minuto tras minuto viste mi ser de selvas me enmaraña el sentido va dulcemente atravesándome llevándome consigo.
Hoy fue un día en que nada amable sucedió. No hubo incendios de mi piel al lado de la tuya, sino más bien la inquietante sensación de que en la vida que juntos transcurrimos uno de los dos era agua y el otro, tenaz y denso aceite. En tiempos como éstos las palabras abundan y cruzan de mi lado a tu lado sin efecto y sin rastro. De lo dicho sólo permanece el chasquido de las vocales y las consonantes, el sonido del lâtigo inútil, el aire a fieras sueltas e indomables. Múltiples argumentos van y vienen sobre el pasillo oscuro donde alguien cerró todas las puertas.
...Me aterra la idea de años sin alma; años en que el tiempo sea más importante que el hombre y la mujer dentro del tiempo. Sufro ante la posibilidad de que caiga el olvido sobre la calidez sencilla de las pequeñas felicidades cotidianas. Que se pierda en el deslumbre de la máquina la insuperable dulzura de la piel, el mínimo y perfecto cosmos transmitiendo sin mas programa que el de la sangre en las venas, el universo del amor, la furia, la soledad buscando quien la libere del silencio...
El cuerpo no reclama caricias. Se acomoda en la fuente interior. Las ciudades, los parques, las avenidas sombreadas del recuerdo o la imaginación Por allá alguien toca una música melancólica, alborotando el placer de viejos estremecimientos. La presencia del corazón, los pulmones, el hígado,las piernas procura una cierta mansa felicidad. Cuantos años para esto! Cuanto tiempo buscando lo que estaba tan cerca.
A cierta hora del día ciertos días la noción de ser hembra emerge como espuma y sube hacia los contornos de mi cuerpo.
Plexo solar, muslos , brazos se esponjan de una sensualidad que va mucho mas allá del sexo. El regocijo interno, el perfecto balance del alma y el cuerpo me pone en un aire de àguila y paloma desde el que se me otorga percibir la exacta redondez y tersura de las cosas. Desde los tobillos un efluvio circular asciende a los sentidos como si habitada por el antiguo poder de lo femenino dejara de ser yo material y limitada para transmutarme en el ala del ave que, tensando los mùsculos, vuela íngrima y absorta hacia el sol. ¿Quién dijo que soy débil? ¿Quién se atrevió a compadecerme? En esos momentos del impùdico goce de saber qué soy pienso que debería, por decoro, taparme el rostro el brillo sostenido, directo, de los ojos para que ni los hombres, ni los animales domésticos del vecindario intuyendo mi olor a pájara o semilla germinada salieran en pos de mí queriendo poseer la escencia de mi fuerza. Como toda mujer se precia de serlo cierro con un candado de llaves imposibles la secreta noción de mi poder y aparezco ante los demás sin delatarme
No importa si no es hermoso -la fealdad en el hombre puede despertar ciertos atávicos instintos femeninos – pero es esencial que el pecho sea acogedor y que los brazos ofrezcan la promesa de abrazos apretados y tiernos. Vello en el cuerpo o no, es cuestión de gustos. Personalmente los prefiero tapizados, con espacios de sombras oscuras suaves al tacto, y capaces de llenar el olfato con el olor del día a flor de piel. La cintura que se defina, por favor; que no le sobre, ni le falte, que no acuse el descuido del dueño, mas que en ciertas épocas permisibles donde unas libritas demás, son sólo testimonio de amables libaciones. Las manos son definitivas: deben saber detener la cabeza de la mujer con el celo con que el marinero escatima al viento la única lámpara de aceite en medio de la tormenta; ser ágiles como pájaros o cabras de monte, capaces de la forja del hierro, la lágrima, de esculpir los intrincados artesonados del placer. Las piernas también son importantes pero les perdonamos las torceduras, lo tosco, las imperfecciones, si al encontrarnos con la boca vemos una sonrisa en la que poder confiar y unos ojos que nos aseguren la mañana. La espalda masculina debe ser extensa como una pradera por donde puedan pasear los búfalos y los heliotropos, y es fundamental que en las caderas se alcen dos colinas inequívocas, sólidas, que se nos queden prendidas en la memoria cuando el hombre se vuelva para marcharse, alejándose en la noche. La voz que resuene con vibraciones de bajo pero que sepa modular la tensa y dulce melancolía del acordeón, lamentando el fin de la luna en la ventana. El hombre, al fin, ese mítico animal que reinventa siglo tras siglo las quimeras que pueblan las obsesiones femeninas, habrá de conservar, -perdida la absoluta hegemonía – todas aquellas cosas galantes, fuertes, acogedoras, que, a pesar de todos los pesares, lo mantienen sólidamente anclado, en el profundo, incansable mar, de las hembras.
Quiero morder tu carne, salada y fuerte, empezar por tus brazos hermosos como ramas de ceibo, seguir por ese pecho con el que sueñan mis sueños ese pecho-cueva donde se esconde mi cabeza hurgando la ternura, ese pecho que suena a tambores y vida continuada. Quedarme allí un rato largo enredando mis manos en ese bosquecito de arbustos que te crece suave y negro bajo mi piel desnuda seguir después hacia tu ombligo hacia ese centro donde te empieza el cosquilleo, irte besando, mordiendo, hasta llegar allí a ese lugarcito -apretado y secreto- que se alegra ante mi presencia que se adelanta a recibirme y viene a mí en toda su dureza de macho enardecido. Bajar luego a tus piernas firmes como tus convicciones guerrilleras, esas piernas donde tu estatura se asienta con las que vienes a mí con las que me sostienes, las que enredas en la noche entre las mías blandas y femeninas. Besar tus pies, amor, que tanto tienen aun que recorrer sin mí y volver a escalarte hasta apretar tu boca con la mía, hasta llenarme toda de tu saliva y tu aliento hasta que entres en mí con la fuerza de la marea y me invadas con tu ir y venir de mar furioso y quedemos los dos tendidos y sudados en la arena de las sábanas
Siento que me voy alejando, que voy saliéndome poco a poco de esta realidad de las mañanas y las tardes y voy entrando a un mundo que estoy construyéndome con mis deseos y mis ansiedades y todas las cosas reprimidas que empiezan a querer salírseme y que me empujan, casi sin darme cuenta, en la incertidumbre, allí donde deberé quedarme sola, donde me da miedo ir porque sé que tendré que asumir toda la responsabilidad del haberme dado cuenta, del saber que no todo es aire y agua y pan y leche y que hay algo más que nos rodea, que está en la atmósfera, que nos persigue y espera para envolvernos en esa belleza dolorosa que quisiéramos compartir y acercarla a los demás pero, al contrario, nos aleja, nos hace sentirnos irreales, diferentes, como que acabáramos de nacer a un mundo que no conocimos hasta entonces o como que hubiésemos llegado de la estrella más cercana o de la más lejana y estamos abiertos totalmente a las hojas, al ruido, sintiendo derramarse la vida, sintiendo que nos acercamos a esa, la verdadera realidad, aunque todos crean lo contrario y nosotros no podamos explicárselos.
La has emprendido con tu plumero de estrellas y caricias contra los fantasmas que habitaban mis pulmones, mi cerebro, mi vientre, vas barriendo con un viento suave las sonrisas pegadas a mi sangre y las veo irse resignadas al lugar de los recuerdos, donde deberían haber estado ya hace días si yo no me hubiera aferrado a sus pliegues como a un árbol durante una tormenta.
Sin embargo ahora estás vos y el mundo va recobrando poco a poco su redondez de naranja, su calorcito, la intimidad de su aire de calle conocida y puedo volver a reír, saltar, caerme, conociendo la cercanía de tus manos para tomarme por los hombros y acercarme allí donde late tu vida, mientras voy poniendo tierra y arena sobre caminos inciertos; haciendo el caminito de mi huella al lado de la tuya, sembrando flores, piedritas blancas, bajo el arcoiris que salió triunfante y lleno de colores después de la última lluvia.
Estaré dilucidando nubes. Tratando de ponerle a mi corazón la mancha grande del amor. Llevándome en un saco la lluvia junto con mis lágrimas y los poemas que buscan mi medida, la tuya, y están sentados al borde de la acera esperando que yo los recoja, que pueda sacarle a la vida la gran respuesta, el mensaje, la diferencia entre una vida y otra, entre un cielo y una tierra.
Llena de grumos. Áspera de vida. Estoy tensa como un arco esperando tu flecha, para atravesar de gozo los campos llenos de amapolas explotando. Me he acoplado a tu nave vámonos juntos seré tierra para tu semilla.
Armar tu vida. Irla haciendo como rompe-cabezas. Conjurar el futuro. Construir la esperanza. Aunque a veces te sintás marchita, cerrada, envuelta en noche amarga, punzante tu centro, sabés que siempre habrá sol para revivirte, zarandearte, para que levantés la cabeza y volvás a sonreir, a estar, con esa fuerza vital que te asemeja a malinche o al cortés, cuando secos y mustios persisten, en la certeza vegetal de que habrá de llegar el día en que despertarán florecidos, vibrantes, llenando el campo con sus llamaradas naranjas, amarillas, cuando pase el tiempo de las vainas y de las ramas secas.
Mi amor es así, como este aguacero, rebotando contra el pavimento, pintando de verde el campo, tapa-cielos, tenaz, mójalo todo, se me riega por dentro y lo siento latir en la yema de los dedos cuando quiero tocarte y no te tengo cerca. Como este aguacero, amor, me vuelvo un montón de agua entre tus brazos ando desbocada por tu cauce me hago arroyuelo en el pelo de tu pecho. Así como esta lluvia, me desbordo en palabras para contarte todos mis quehaceres, para meterte en todos los rincones de mi día, en todos los aleros de mis horas. Salto desde tus brazos, como la lluvia que se derrama de los techos y me duele la carne de querer prolongarte de querer florecer la semilla en mi vientre y darte un hijo hermoso y vital como este invierno.
Es tiempo de unión. tiempo de que juntemos las manos y desafiemos la muerte. Las naranjas están dulces en los palos, se desgajan pesadas para que tu y yo comamos la ternura de la naturaleza. Es tiempo de decir te quiero mientras voy reencontrándote en cada una de tus facciones, re-descubriéndote en el follaje, la arena, en cada minuto que pasa tic-taqueando por mi lado. El mundo esta detenido delante de la puerta, ancho y grande como un campo que nos espera para que corramos sobre su hermosa superficie, verde, mullida, tupida, satisfecha con el buen invierno. Dejemos atrás los escombros, amor hay tanto paisaje esperándonos, tanto amor en los arboles nudosos tanta luz para romper nuestra ceguera tanta luz...
Podríamos tener una discusión sobre el amor. Yo te diría que amo la curiosa manera en que tu cuerpo y mi cuerpo se conocen, explorando y renovando el más antiguo acto del conocimiento.
Diría que amo tu piel y que mi piel te ama . . . que amo la escondida torre que de repente se alza desafiante y tiembla dentro de mí buscando la mujer que anida en lo más profundo de mi interior de.... hembra.
Diría también que amo tus ojos que son limpios y que también me penetran con vaho de ternura o de preguntas.
Diría que amo tu voz sobre todo cuando decís poemas, pero también cuando sonás serio, tan preocupado por entender este mundo tan ancho y tan ajeno.
Diría que amo encontrarte y sentir dentro de mí una mariposa presa aleteándome en el estómago y muchas ganas de reírme de la pura alegría de que existía y estás, de saber que te gustan las nubes y el aire frío de los bosques del invierno ..... Podríamos discutir si es serio esto que te digo....
Si es una quemadura leve, de segundo, tercer o primer grado. Si hay o no que ponerle nombre a las cosas. Yo con sólo una simple frase ..... afirmo Te amo